Mi perro no sabe nada de filosofía, no sabe de pérdidas, de deuda, de corazones rotos, ni de esas noches en las que uno mira el techo como si el techo tuviera respuesta. Sin embargo, ha
entendido de mí cosas que yo todavía no logro comprender.
Me levanto, se levanta. Cuando camino, camina. Cuando me detengo a contemplar la nada, él se sienta a contemplarla conmigo, como si la nada también mereciera compañía.
A veces pienso que vive atrapado en la misma condena que yo, la de seguir algo que amo, sin entender exactamente por qué. Voy por agua y detrás de mí escucho sus pasos. Regreso a mi cuarto y él regresa. Me acuesto y debajo de mi cama aparece su respiración, esa pequeña máquina de amor que nunca se apaga.
Hay días en los que me siento insuficiente, confundida, perdida dentro de mí misma, pero entonces lo veo mirarme, en sus ojos no encuentro juicios, no encuentra mis errores, no encuentra mis fracasos, no encuentra las veces que he dudado de mí, solo me encuentra a mí.
Eso me asusta porque he conocido a personas que me han amado menos después de conocerme más. Él ha hecho exactamente lo contrario. Conoce mis silencios, mis insomnios, mis tristezas.
Cada vez que regreso celebra mi existencia. Como si el universo acabara de devolverle algo sagrado. A veces despierto en mitad de la noche, miro hacia abajo, ahí. está dormido vigilando mis sueños desde la sombra como un guardián humilde que jamás pidió ese trabajo, pero que decidió aceptarlo de todos modos.
Entonces, entiendo algo terrible y hermoso, algún día tendré que despedirme de él. El simple pensamiento me rompe, porque yo soy una etapa en su vida, pero él, él es uno de esos pocos seres que llegaron a la mía sin exigirme nada, sin pedirme que fuera más fuerte, más exitosa, más valiente, más inteligente, solo presente, solo yo.
Mi perro no sabe nada de filosofía, pero cada noche cuando se acuesta cerca de mí, me enseña la lección más difícil de todas, que amar a alguien. Puede ser tan simple como seguirlo hasta la cocina, esperarlo detrás de una puerta y alegrarse profundamente porque volvió.
Autor: Anónimo
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