Raíces de Jenesano
En el vertiginoso ritmo de la vida actual,
frecuentemente nos dejamos llevar por las tendencias del momento, descuidando
las bases que nos sostienen. No obstante, reconocer nuestras raíces es un
ejercicio fundamental para entender nuestra esencia, nuestro origen y nuestro
futuro; una exploración personal que nos ayuda a abrazar nuestra identidad.
Hace unos cuantos años, ese merodear de palabras en
mi cabeza siempre me palpitaba como un secreto a medio revelar. Hoy, con más
fuerza que nunca, lo abrazo en el IV Círculo de Mujeres de Boyacá, donde las
voces de la tierra se encuentran y se reconocen en un mismo latir.
Soy de Bogotá, esa ciudad que es un gran corazón de
concreto, donde los cerros orientales vigilan como guardianes silenciosos y el
tiempo parece correr más rápido entre avenidas y semáforos. Sin embargo, existe
un hilo rojo —como el que los muiscas tejían como símbolo sagrado del universo,
una forma de plasmar su cosmovisión— que se anudó en mis venas y me conduce,
inevitable, a las tierras de mis raíces.
Jenesano no es solo un punto en el mapa; es un
respiro en la montaña de mis inquietudes, un pueblo que se recuesta en un llano
al pie de una colina escarpada, este lugar se va a convertir en el aire con sabor
a eucalipto y a memoria.
En ese Jenesano de 1930, las calles empedradas
brillaban bajo el sol de la tarde y las casas de adobe y teja de barro abrían
sus puertas a un mundo hecho de gestos humildes, allí vivieron mis abuelos
maternos: Ana Rosa Melo y Clemente Guerrero, cuyas vidas se
entrelazaron como las fibras del fique un 12 de Enero de 1935.
Clemente Guerrero era comerciante y artesano, un
hombre de contextura mediana. Sus ojos, verdes claros como las esmeraldas que
Boyacá guarda en sus montañas, parecían ver más allá de lo evidente, como si en
su mirada reflejara el brillo de la tierra trabajada y el destello de los ríos
que bajan del páramo.
En sus manos, el fique se convertía en alpargatas,
esas sandalias humildes que han caminado los senderos de Boyacá por
generaciones. Cada trenza, cada torcedura del hilo, era un acto de paciencia y
maestría.
Clemente era “berraco”, como se dice en la tierra:
firme, trabajador y de mandatos claros, su carácter fuerte con sus hijos
varones era imponente y castigaba sin titubear, quizás para él una forma de sobrevivir a la dureza
del campo.
Ana Rosa Melo, por su parte, era una mujer de ojos
cafés, profundos como la tierra fértil de Jenesano. En su mirada se resguardaba
el tiempo, como un remanso de historias; una mirada tierna y despierta, que
parecía observar el mundo con la paciencia de quien ha aprendido a entenderlo.
Decía muchos dichos, esos refranes que condensan la
sabiduría popular y que, en su boca, se convertían en lecciones de vida. Era
luchadora, de esas mujeres que no se rinden. Quedó viuda muy joven, y con esa
viudez llegó también la necesidad de ser más fuerte, de salir de su tierra y
enfrentar el mundo con una valentía que solo las madres conocen.
Con esfuerzo y dedicación, sacó adelante a sus
hijos, tejiendo con paciencia el futuro de su familia. Vestía faldas y suéteres
de lana tejida en tonos cálidos, la elegancia sencilla de los abrazos que abrigan.
Su cabello, oscuro y sereno, enmarcaba un rostro que era un mapa de sabiduría y
ternura.
Los padres de mi abuelito Clemente fueron Abel
Guerrero y Silvia Guerrero, nombres que resuenan como ecos de una
genealogía que se pierde en los caminos de Boyacá. Los padres de mi abuelita
Ana Rosa fueron Manuel Melo y Ludovina Caicedo, pilares de una
familia que, como tantas otras en la región, construyó su historia con trabajo,
fe y amor.
Mis abuelos tuvieron siete hijos: cuatro mujeres y
tres hombres Eustacio – Ana Elisa (fallecida 2024) - Gregorio (fallecido bebe)-
Blanca Ludovina (fallecida bebe. El abuelo Manuel le
canto cuando falleció, mi niña linda flor de amapola te fuiste derecho a la
gloria)) -Luis
Edgar - Gloria Inés - Blanca Isabel Guerrero Melo).
De ellos, cuatro aún están vivos. El hijo mayor
tiene 90 años, en el rostro de mi tío se refleja las marcas de casi un siglo de
cambios. La menor es mi madre, Blanca Isabel Guerrero Melo, quien tiene
76 años, su intuición es como una brújula, con una mente ágil; como la de mi
abuelita Ana Rosa y la firmeza de mi abuelito Clemente.
Este punto del camino donde las palabras que antes
merodeaban en mi cabeza van tomando su lugar, tengo la misión de seguir deambulando.
Yo soy la suma de esas pisadas en las alpargatas de fique, de esas miradas
esmeralda y café, de esos dichos y memorias. Soy la quinceava nieta que lleva en las
venas el hilo rojo que los muiscas tejieron en el destino, soy la última nieta de ese cordón invisible
que puede estirarse o enredarse, pero que nunca se rompe.
Soy de Bogotá, sí, pero también soy de Jenesano.
Soy de una ciudad de concreto y de ese pueblo de adobe y teja. Soy del ruido de
las avenidas y del silencio de los páramos. Soy del presente que corre veloz y
del pasado que se resiste a morir. Soy, en definitiva, el resultado de un amor
que comenzó en las montañas de Boyacá y que, a través de Ana Rosa y Clemente,
llegó hasta mí para que yo lo contara, lo celebrara y lo mantuviera vivo.
Saben las raíces no es solo mirar hacia atrás; un punto vital es entender que en ese pasado late el futuro, que en esas historias está la clave para abrazar nuestra identidad y seguir caminando, contamos con hilos que nunca se rompen.



1 comentario:
Que lindo recordar a nuestros antepasados sus historias para entender nuestro presente
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