lunes, 5 de octubre de 2026

Raíces de Jenesano

"No hay pureza en el pasado. Para saber hacia dónde vas, tienes que saber de dónde vienes.". Isabel Allende

Raíces de Jenesano

En el vertiginoso ritmo de la vida actual, frecuentemente nos dejamos llevar por las tendencias del momento, descuidando las bases que nos sostienen. No obstante, reconocer nuestras raíces es un ejercicio fundamental para entender nuestra esencia, nuestro origen y nuestro futuro; una exploración personal que nos ayuda a abrazar nuestra identidad.
Hace unos cuantos años, ese merodear de palabras en mi cabeza siempre me palpitaba como un secreto a medio revelar. Hoy, con más fuerza que nunca, lo abrazo en el IV Círculo de Mujeres de Boyacá, donde las voces de la tierra se encuentran y se reconocen en un mismo latir.

Soy de Bogotá, esa ciudad que es un gran corazón de concreto, donde los cerros orientales vigilan como guardianes silenciosos y el tiempo parece correr más rápido entre avenidas y semáforos. Sin embargo, existe un hilo rojo —como el que los muiscas tejían como símbolo sagrado del universo, una forma de plasmar su cosmovisión— que se anudó en mis venas y me conduce, inevitable, a las tierras de mis raíces.

Jenesano no es solo un punto en el mapa; es un respiro en la montaña de mis inquietudes, un pueblo que se recuesta en un llano al pie de una colina escarpada, este lugar se va a convertir en el aire con sabor a eucalipto y a memoria.
En ese Jenesano de 1930, las calles empedradas brillaban bajo el sol de la tarde y las casas de adobe y teja de barro abrían sus puertas a un mundo hecho de gestos humildes, allí vivieron mis abuelos maternos: Ana Rosa Melo y Clemente Guerrero, cuyas vidas se entrelazaron como las fibras del fique un 12 de Enero de 1935.

Clemente Guerrero era comerciante y artesano, un hombre de contextura mediana. Sus ojos, verdes claros como las esmeraldas que Boyacá guarda en sus montañas, parecían ver más allá de lo evidente, como si en su mirada reflejara el brillo de la tierra trabajada y el destello de los ríos que bajan del páramo.

En sus manos, el fique se convertía en alpargatas, esas sandalias humildes que han caminado los senderos de Boyacá por generaciones. Cada trenza, cada torcedura del hilo, era un acto de paciencia y maestría.

Clemente era “berraco”, como se dice en la tierra: firme, trabajador y de mandatos claros, su carácter fuerte con sus hijos varones era imponente y castigaba sin titubear, quizás para él una forma de sobrevivir a la dureza del campo.
Ana Rosa Melo, por su parte, era una mujer de ojos cafés, profundos como la tierra fértil de Jenesano. En su mirada se resguardaba el tiempo, como un remanso de historias; una mirada tierna y despierta, que parecía observar el mundo con la paciencia de quien ha aprendido a entenderlo.

Decía muchos dichos, esos refranes que condensan la sabiduría popular y que, en su boca, se convertían en lecciones de vida. Era luchadora, de esas mujeres que no se rinden. Quedó viuda muy joven, y con esa viudez llegó también la necesidad de ser más fuerte, de salir de su tierra y enfrentar el mundo con una valentía que solo las madres conocen.
Con esfuerzo y dedicación, sacó adelante a sus hijos, tejiendo con paciencia el futuro de su familia. Vestía faldas y suéteres de lana tejida en tonos cálidos, la elegancia sencilla de los abrazos que abrigan. Su cabello, oscuro y sereno, enmarcaba un rostro que era un mapa de sabiduría y ternura.

Los padres de mi abuelito Clemente fueron Abel Guerrero y Silvia Guerrero, nombres que resuenan como ecos de una genealogía que se pierde en los caminos de Boyacá. Los padres de mi abuelita Ana Rosa fueron Manuel Melo y Ludovina Caicedo, pilares de una familia que, como tantas otras en la región, construyó su historia con trabajo, fe y amor.
Mis abuelos tuvieron siete hijos: cuatro mujeres y tres hombres Eustacio – Ana Elisa (fallecida 2024) - Gregorio (fallecido bebe)- Blanca Ludovina (fallecida bebe. El abuelo Manuel le canto cuando falleció, mi niña linda flor de amapola te fuiste derecho a la gloria)) -Luis Edgar - Gloria Inés - Blanca Isabel Guerrero Melo).

De ellos, cuatro aún están vivos. El hijo mayor tiene 90 años, en el rostro de mi tío se refleja las marcas de casi un siglo de cambios. La menor es mi madre, Blanca Isabel Guerrero Melo, quien tiene 76 años, su intuición es como una brújula, con una mente ágil; como la de mi abuelita Ana Rosa y la firmeza de mi abuelito Clemente.

Este punto del camino donde las palabras que antes merodeaban en mi cabeza van tomando su lugar, tengo la misión de seguir deambulando. Yo soy la suma de esas pisadas en las alpargatas de fique, de esas miradas esmeralda y café, de esos dichos y memorias. Soy la quinceava nieta que lleva en las venas el hilo rojo que los muiscas tejieron en el destino, soy la última nieta de ese cordón invisible que puede estirarse o enredarse, pero que nunca se rompe.

Soy de Bogotá, sí, pero también soy de Jenesano. Soy de una ciudad de concreto y de ese pueblo de adobe y teja. Soy del ruido de las avenidas y del silencio de los páramos. Soy del presente que corre veloz y del pasado que se resiste a morir. Soy, en definitiva, el resultado de un amor que comenzó en las montañas de Boyacá y que, a través de Ana Rosa y Clemente, llegó hasta mí para que yo lo contara, lo celebrara y lo mantuviera vivo.

Saben las raíces no es solo mirar hacia atrás; un punto vital es entender que en ese pasado late el futuro, que en esas historias está la clave para abrazar nuestra identidad y seguir caminando, contamos con hilos que nunca se rompen.



1 comentario:

Anónimo dijo...

Que lindo recordar a nuestros antepasados sus historias para entender nuestro presente

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